| Historia de Carretera |
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Era una noche corriente, al igual que otras. La única diferencia era que íbamos en auto al cumpleaños de una amiga, en un pequeño pueblito costero, a unas tres horas al norte de nuestra ciudad. Bernardo iba manejando, mientras yo elegía la música desde el asiento del copiloto. Habíamos salido bastante tarde de Viña del Mar, por lo cual nos pilló la noche. El camino por el que íbamos estaba pésimamente señalizado, mejor dicho, carecía de luces, barandas o carteles de curvas peligrosas. Mientras escuchábamos un cassette de un grupo desconocido que había encontrado en la guantera, íbamos comentando lo peligroso que era el camino, de verdad que no se veía casi nada. En eso nos dimos cuenta que ya llevábamos bastante tiempo detrás en un auto, que al igual que nosotros, iba lentísimo. Recordando unas horas el momento en que eché mis cosas en la maletera, dije: – “mira, a ese auto también le robaron atrás la cosa con la marca”, respondiendo Bernardo “si, iba viendo que es la misma marca, hasta parece que es el mismo modelo”. La coincidencia me causó risa, ya que hasta el color del auto era el mismo y además iban sentadas dos personas adelante. Fue entonces que comencé a abrir la ventana, diciendo que lo único que faltaba era que el del lado del copiloto sacara la mano, al mismo tiempo que la sacara yo. No había terminado de decir la frase, cuando los dos quedamos helados. El auto de adelante comenzaba a disminuir lentamente la velocidad, al igual que nosotros, y además había vuelto a meter la mano, igual de rápido que yo.
Entre asustados y extremadamente sorprendidos, sólo mirábamos hacia adelante, haciendo breves comentarios. Luego de unos metros que íbamos a una velocidad similar a la de una persona caminando, Bernardo comenzó a jugar con las luces traseras de freno, diciéndome que vez que pisaba el freno, lo hacía el auto de adelante, exactamente al mismo tiempo. Era como verse en un espejo, pero desde atrás.
Luego de unos metros, el auto de adelante disminuyó tanto la velocidad, que llegó a detenerse, al igual que nosotros, unos dos metros más atrás. Mientras yo miraba fijamente hacia delante, Bernardo comenzó a darse vuelta, para mirar hacia atrás. Yo no podía creer lo que veía, al mismo tiempo que Bernardo giraba, el conductor del auto desconocido comenzaba a darse vuelta. Súbitamente giró de vuelta hacia adelante y partió con el auto a máxima velocidad. Al escuchar el motor del otro auto rugir hasta fondo, Bernardo se dio vuelta inmediatamente e instintivamente le grité que lo siguiera. Partimos con el pedal a fondo detrás del auto. Se transformó en una especie de carrera desenfrenada, aunque entre más intentábamos alcanzar el auto, parecía ser inútil ya que la distancia no disminuía. Bernardo cortaba las curvas a máxima velocidad, sin ver mucho más que las dos luces rojas traseras y de vez en cuando las luces de freno del misterioso auto. En una recta larguísima, por fin pensamos que lograríamos alcanzar el otro auto. Íbamos unos treinta metros más atrás y a unos ciento cuarenta kilómetros por hora, cuando de pronto vimos como el auto de adelante intentaba tomar una curva cerrada, saliéndose de ésta y estrellándose a máxima velocidad contra unas rocas al lado del camino costero. Dando varias vueltas en el aire y finalmente transformándose en una gigantesca bola de fuego ardiente, quedando desparramada entre el muro de rocas y la calle. Sentí como si todo el mundo se hubiera detenido, miré a Bernardo, que parecía inmóvil, siendo lo último que vi la bola de fuego, reflejada en sus ojos, agrandándose cada vez más y más.
Sebastian Sessler |

